1. El mito de la "mochila fea obligatoria"
Parece que existe una ley no escrita: si es segura, tiene que ser fea. Pues en nuestro taller nos hemos saltado la ley.
Nuestras mochilas son como ese agente secreto de las películas: por fuera, pura elegancia artesanal y telas que dan ganas de acariciar; por dentro, una fortaleza secreta.
Hemos escondido cremalleras en su compartimento trasero tan bien, que hasta a ti te costará encontrarlas el primer día (tranquila, se le pilla el truco rápido, a diferencia de lo de montar muebles de IKEA 🤦♀️).
2. Ligera como una pluma (porque ya bastante pesa la vida)
¿Sabes esa sensación de llevar una mochila que pesa más vacía que llena? Yo también, y la odio.
Nuestras mochilas son insultantemente ligeras. Están pensadas para que metas el portátil, la agenda, el cargador, el "potingue" de los labios y ese sándwich que te vas a comer a deshoras, sin que termines el día necesitando una cita urgente con el fisioterapeuta.
3. A prueba de "orbayu" (y de cafés derramados)
En Asturias no decimos que llueve, decimos que "está orbayando" ☔. Bueno, realmente es ese que sí que no, que no llueve realmente, pero llegas a casa como una uva pasa.
Pues eso, que aquí sabemos lo que es el agua, así que nuestras mochilas son impermeables.
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¿Te pilla un chaparrón de camino a la oficina? Check ✅
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¿Se te abre la botella de agua dentro? (Vale, por fuera son impermeables, por dentro... ¡ten cuidado, que no son una piscina!). 🤷♀️
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Lo importante: tus dispositivos electrónicos estarán más secos que un polvorón en agosto.
4. Artesanía con guiño asturiano
Cada mochila que sale de nuestras manos no viene de una cinta transportadora en una fábrica gris al otro lado del mundo. Viene de un taller donde hay hilos de colores, café recién hecho y mucho mimo.
Al comprar una Cristina Alba, te llevas un trocito de Slow Fashion. Es decir, moda hecha a fuego lento, para mujeres que valoran que su mochila tenga nombre, apellidos y una historia que contar.